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7 oct. 2013

Trece.

No sé por qué la gente se queja tanto del número 13. No era ni martes ni viernes, pero un caluroso lunes 13 me cambió la vida.

Sí, ese día me cambió, sin más. Solo os diré que encontré, por casualidad, a una de las mejores personas que tengo ahora en mi vida y, ojalá, algún día encontréis alguien la mitad de increíble que él, que no es poco. Y, entonces, entenderéis de lo que hablo. Y sabréis lo que es sonreír con cualquier cosa que te diga, y experimentaréis esa inevitable felicidad al despertarte y ver un mensaje suyo -casi tan increíble como él- que lo escribió justo antes de dormirse. Y caes en que, posiblemente, se durmió pensando en ti. Y, disculpadme si alguien piensa lo contrario, pero esa es una de las mejores sensaciones del mundo -si no la mejor-.

Que dudo que exista algo que sé compare a los escalofríos que me provocaba con tan solo rozarme, o si existe algo que se compare al aceleramiento que sufría mi corazón cuando me sonreía o si, simplemente, existe algo que se le compare.

Que me miraba y era como si no quisiera nada más, como si todas mis necesidades estuvieran cubiertas, como si no hubiera nadie más en el mundo y, en ese mismo instante, se acercaba, me susurraba bebé al oído mientras me acariciaba la mejilla -y me hacía sentir verdaderamente como un bebé- y es que sus manos traviesas nunca se olvidan y, entonces, me besaba -disculpadme por ser tan cursi- pero creo que jamás existió paraíso mejor que sus labios. Y poco más.

Espero que algún día sepáis de lo que hablo cuando digo que el 13 es un número precioso.

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