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30 ene. 2013

28 de Octubre de 2011.

Una vez vi en una película, que si cuando una persona se iba, le escribías una carta y la quemabas, el dolor era menos intenso. Por ahora, solo lo escribiré, pero tal vez un día lo pase a papel, intentando que esa espinita que sigo teniendo clavada, sea menos dolorosa.
No sé por dónde empezar, porque apenas sé cuando empezó. Perdonad si no entendías mis palabras en esta entrada, pero tengo demasiadas cosas que decir y mi mente no puede acapararlas todas.
Bueno, en realidad, tengo muchas espinitas clavadas, pero dolo contaré unas pocas.
La primera es por mi abuelo materno, Florencio. Cada vez que lo pienso se me forma un nudo en la garganta, porque, aunque me hubiera encantado, nunca llegué a conocerle. Jamás se me olvidarán todas las frases que me decían mi madre y mi abuela, que si nos hubiéramos llevado genial porque teníamos un carácter parecido, que siempre había querido tener una nieta, pero que no estuvo a tiempo para conocerme, o la frase más repetida por mi abuela cada vez que me ponía alguno de los tacones de mi madre "Ay, si te viera tu abuelo desfilando, lo que se reiría contigo".
Cuando lo asumí, se me hizo muy duro, al parecer era una gran persona y querida por todos, algún día espero ser la mitad de buena que fue él...
Otra gran espina que tengo clavada y la que me ha impulsado a escribir esto, fue ella, sí, mi abuela materna, Felicitas. A ella gracias a Dios si que la llegué a conocer, y ha sido de lo mejor que me ha pasado en la vida. Por eso me arrepiento, porque nunca supe estar a su altura.
De pequeña pasaba los veranos con ella en el pueblo, todas las mañanas dábamos un paseo y comprábamos el pan. Y al llegar a casa, siempre, siempre hacía de comer lo que yo quería. Creo que esa mujer me enseñó más cosas de las que pienso. Siempre tenía palabras amables para mi, siempre me daba y me compraba lo que quería, sin reproches. Y siempre saltaba en mi defensa ante mi hermano, aunque, como ella decía, era una 'joía por culo'.
Jamás se me olvidarán esas tardes comiéndonos una bolsa entera de cacahuetes entre las dos en la puerta de casa o nuestra "colonia" aquel día que dormimos la siesta.
A medida que crecía un poco más, esa bella mujer empezaba a envejecer un poco más y ya no podía hacerse tanto cargo de mi, por lo que solo iba en verano un mes cuando iban mis padres. Aunque durante todo el año hablabamos por teléfono. Bueno, eso no es del todo cierto, muchas veces les decía a mis padres que te dijeran que no estabas para no hablar porque me resultabas un poco pesada, cosa de la que ahora me arrepiento con toda mi alma.
Los años siguieron pasando factura, y sumado al derrame cerebral de mi tío, lo que suponía que ya no te podía cuidar, te tuvimos que traer a mi Madrid bella y tan odiada por ti. Por aquella época ya apenas podías mantenerte por ti sola. Así que teníamos que estarte controlando las 24 horas del día. Resultaba agotador, y he de decir que a veces pagaba mis frustraciones contigo, pero no de mala gana, no me malinterpretéis. Eran simples bromas que ahora no les veo tanta gracia.
Lo peor vino con tu enfermedad, ella verdaderamente era bipolar, no como estos gilipollas modernos. Y no sabéis lo dura que llegaba a ser esta enfermedad. Llegaba a tener arrebatos de ira conmigo y me arañaba o me pellizcaba, al principio no entendía que te hacía yo para que me hicieras daño, pero verdaderamente no eras tú, era tu otro yo, así que no te lo tuve en cuenta.
En poco tiempo pasaste de andar con el andador a tener que moverte siempre por la casa con silla de ruedas. Y finalmente, quedarte en cama. No soportaba verte sufrir de esa manera, y más cuando la neumonía se adueñó de tu cuerpo, haciendo que tuvieras que ingresar en el hospital de Santa Cristina en agosto de 2011. Yo, odiosamente, no iba mucho a verte, mamá si que se pasaba allí las tardes enteras. Pero los días que iba, me encantaba quedarme observando a aquella anciana consumida ya por el tiempo, pero que seguía luchando por vivir. Las primeras semanas seguías siendo consciente de todo e incluso te reías. Pero a medida que pasaban los meses, tu estancia allí se te hacía más dura.
Conseguiste superar la neumonía, después de largas semanas. Aunque tenías que seguir ingresada ya que la enfermedad te había debilitado bastante. Seguía visitando, poco, y, ya no eras tú, parecía que te habías dejado vencer, aunque según me decía mi madre, ibas mejorando.
El sábado 22 de octubre, te cambiaron de hospital y te llevaron a un hospital, el de Guadarrama, que estaba un poco más lejos. El domingo 23 papá, mamá y mi hermano fueron a verte, pero yo no quise, aunque hacía más de una semana que no te veía. Les dije que iría el día 29, que era el sábado siguiente.
La semana transcurría normal, e incluso mamá cogía el coche todas las tardes e iba a verte. Se acercaba el fin de semana, era Halloween, aunque el sábado te lo tenía reservado a ti.
El viernes salí de clase, tenía que ir rápido a casa a comer y volver a teatro, pero cuando llegué a casa, en la puerta de papá, que es el portero había una nota. Una nota que hizo que se me partiera el corazón, una nota con doble ración de realidad, una nota que me costó demasiado asimilar. Era la nota. Según me contó mamá, habías vuelto a coger otra neumonía, y esta vez, debido a tu debilidad, no pudiste vencerla.
Nos dejaste la mañana del 28 de octubre de 2011. Pero creeme, aunque físicamente nos hayas dejado, jamás saldrás de mi corazón.
Te ha querido, te quiere y te querrá, tu única nieta.

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