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6 may. 2015

Ya me puedo ir.

Necesitábamos estar al borde del abismo para darnos cuenta de que aún nos quedaba algo por lo que merecía la pena retroceder unos pasos. Y digamos que eso por lo que merecía la pena seguir respirando no eras tú, o sí lo eras pero no era lo que necesitaba. Así que que hay veces que necesitamos arriesgarnos a saltar del precipicio para comprobar si lo que queremos se encuentra allí abajo.
Y yo salté, salté tantas veces pensando que abajo estarías tú. Pero no, lo único que me llevaba era una hostia y como no sé aprender, volvía a subir corriendo por las escaleras a duras penas por los golpes hasta alcanzar el precipicio de nuevo pensando que esa vez sería la definitiva y que al caer estarías tú para sujetarme. Pero no estabas, nunca estuviste y sé que aunque me hubiera tirado mil veces más, tú nunca habrías estado.
Así que hace poco, cuando estaba cogiendo impulso para volver a saltar, decidí que ese abismo no merecía la pena y retrocedí, y bajé tranquilamente las escaleras y eran ya tantos los golpes que había recibido durante las caídas, que bajar andando agarrándome en el pasamanos me supo a gloria.
Supongo que algunos precipicios sí merecerán la pena ser saltados, pero con una vez os bastará para comprobarlo, no seáis tan idiotas de encariñarnos de los precipicios de los que nadie os salva. Parecen los más bonitos, pero son los más dolorosos.

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